El rock también se baila, Carlos Vives deslumbró en el Festival Cordillera 2025
Bogotá vibró como pocas veces lo ha hecho. En medio del pulso eléctrico del Festival Cordillera 2025, donde guitarras distorsionadas y beats electrónicos conviven en perfecta anarquía, Carlos Vives irrumpió con un acordeón que rompió todos los moldes. Desde el primer compás de La gota fría, el público entendió que lo que iba a presenciar no era solo un concierto: era una ceremonia de memoria, identidad y júbilo.
Durante más de dos horas, el samario tejió un relato sonoro que repasó su trayectoria: Ella es mi fiesta, La bicicleta, Fruta fresca, Quiero verte sonreír, Pa’ Mayte, Carito y, por supuesto, el himno inmortal La Tierra del Olvido. Cada canción fue coreada como si se tratara de clásicos del rock, porque en esencia lo son: canciones que marcaron generaciones, cruzaron fronteras y redefinieron lo que significa ser artista colombiano en el escenario global.
En medio de esa explosión de energía, hubo un instante de silencio reverente: el homenaje a Egidio Cuadrado, su eterno compañero de acordeón y cómplice de aventuras musicales, fallecido recientemente. Vives lo recordó con voz quebrada, y el público respondió con una ovación que estremeció el cielo de Bogotá. Fue un momento de duelo, pero también de gratitud: sin Egidio, el viaje nunca habría comenzado.
Lo que Vives demostró en Cordillera no fue solo vigencia artística, sino coherencia con una visión que hace treinta años parecía imposible. En 1995, cuando publicó La Tierra del Olvido, sacudió a la industria al mezclar vallenato y cumbia con guitarras eléctricas, bajos y baterías de sonido contemporáneo. Lo que entonces se llamó “arriesgado” hoy se llama “alternativo”. Lo que muchos consideraban “folclor” resultó ser pura vanguardia. Vives abrió las puertas para que la música latinoamericana dejara de pedir permiso y comenzara a hablar con su propia voz, a todo volumen.
Su presentación en Cordillera fue la prueba viva de que esa revolución cultural no ha terminado. Con pirotecnia, coros multitudinarios, saltos, lágrimas y sonrisas, Vives convirtió el festival en una verbena colectiva. Bogotá le dio al rock de su pueblo una entonada voz inmarcesible, reconociendo que la potencia del rock no está solo en los decibelios, sino en la autenticidad de quien canta con el alma. Porque lo suyo no es solo nostalgia: es energía pura, identidad en movimiento, memoria que se baila y se grita con los pies firmes en la tierra. Y cuando el último acorde aún flotaba en el aire, llegó la noticia que hizo estallar nuevos aplausos: Carlos Vives anunció que en 2026 emprenderá una gira por Colombia. Una nueva travesía que promete reavivar ese espíritu pionero y llevarlo de vuelta a las plazas, los teatros y los estadios donde empezó todo. Carlos Vives no solo volvió a La Tierra del Olvido: nos recordó que de allí brotó la semilla que transformó para siempre la música hecha en Colombia. Y que cuando esas raíces se electrifican, cuando suenan con orgullo y se bailan con furia, no hay género que pueda contenerlas.
Gracias, Carlos Vives. Gracias al patrón, al señor que hizo posible que el rock de mi pueblo sonara en todo el mundo.
Photo: Diego Molina







