¡El Inmortal Adiós de Pentagram: El Doom Merece la Eternidad!

¡El Inmortal Adiós de Pentagram: El Doom Merece la Eternidad!

Hay despedidas que duelen más que otras, y pocas duelen tanto en el subsuelo del metal mundial como el adiós de Pentagram. Fundada en los albores de los años 70 en Virginia, la legendaria agrupación estadounidense —pilar indiscutible junto a Black Sabbath de los cimientos del doom metal— pisó suelo bogotano el pasado 22 de agosto de 2026 para sacudir el Ace of Spades Club. Enmarcado en su gira de despedida definitiva, el concierto no fue simplemente un evento en vivo: se trató de una misa negra de proporciones titánicas, una comunión de décadas de oscuridad que quedará grabada a fuego en la memoria de la capital.

 

El peso de la historia en la Avenida Boyacá

Desde tempranas horas, la atmósfera en los alrededores del Ace of Spades era densa, cargada de una mezcla extraña de melancolía y euforia. No era para menos: se trataba de la última oportunidad de ver en directo a Bobby Liebling y compañía ejecutando esos acordes fundacionales nacidos en los tempranos años 70. Al cruzar las puertas del club, el ritual comenzó a gestarse. La asistencia fue un fiel reflejo de la longevidad de la banda: veteranos del metal con chalecos llenos de parches gastados compartían espacio con una nueva generación de devotos del sonido analógico y pesado, todos con los ojos puestos en el escenario, esperando el momento de la verdad.

Riffs pesados y el alma indomable de Bobby Liebling

Cuando las luces del recinto se apagaron y los primeros acoples rasgaron el aire, el Ace of Spades se convirtió en un santuario del dolor y la catarsis. Pentagram demostró que, a pesar de las décadas de excesos, turbulencias y el inexorable paso del tiempo, su propuesta musical mantiene una vigencia aterradora. El sonido en el club fue denso, opresivo, rindiendo honor al verdadero espíritu del doom. Los riffs de guitarra cayeron como losas de cemento sobre los asistentes, mientras la sección rítmica marcaba un pulso lento, hipnótico y visceral. Ver a Bobby Liebling al frente de la formación es atestiguar una fuerza de la naturaleza. Con esa teatralidad demencial y desgarradora que lo caracteriza, el patriarca del doom canalizó cada gota de energía vital, transformando el escenario del Ace of Spades en el diván de un manicomio espiritual. Cada gesto, cada mirada al vacío y cada lamento vocal resonaron como un testamento de supervivencia artística

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Un setlist para la eternidad

La selección de canciones fue un recorrido de culto por más de cinco décadas de historia subterránea. La comunión colectiva estalló con cada clásico coreado al unísono por una fanaticada entregada sin reservas. Himnos oscuros como «Forever My Queen» o «Be Forewarned» se sintieron como puñaladas directas al pecho, evocando esa atmósfera lúgubre que solo Pentagram sabe imprimirle a la música pesada. El público bogotano respondió a la altura de una leyenda de este calibre. Entre cabezazos lentos (headbanging ritualístico), humos densos y manos en alto, el recinto entero se rindió ante los titanes norteamericanos. No hubo tregua: cada acorde pesado era un recordatorio de por qué este género es un refugio para los inadaptados.

¿Un adiós definitivo? El doom exige más

Hacia el final de la noche, el ambiente dentro del Ace of Spades flotaba en una mezcla de satisfacción y vacío. Sin embargo, queda una sensación amarga: un reducto underground se siente demasiado pequeño para semejante leyenda. Ojalá esto no sea un adiós definitivo. Una institución de este calibre merece un festival de masas en Bogotá, un escenario a la altura de su historia donde todo el país los reconozca más allá de las cuatro paredes del club. El legado de Pentagram es tan gigante que su despedida debió sentirse como la de Black Sabbath: épica, monumental y congregante de multitudes. Pentagram se despidió de Bogotá dejando claro que las leyendas nunca mueren del todo; simplemente se retiran a la eternidad del mito. El Farewell Tour cumplió su promesa de oscuridad y riffs titánicos, pero el verdadero metal pesado jamás se extingue… y su público siempre exigirá verlos en la cima que se merecen.

¡Larga vida al legado de Pentagram!